
Eras en fin, la risa encantadora,
prendedor de Darío y su princesa,
peine elegante blanca la cabeza,
tu enérgico bastón de gran señora.
Eras el eco acuoso de tu noria,
con tu voz cantarina y sus consejas,
y el recitar de poesías viejas,
repetidas mil veces de memoria.
murmullos de rosario y letanías,
de poemas y amor primera escuela,
historia y corredor muriendo el día.
Lejana tu alegría y tu tutela,
no puedo imaginar, nunca podría,
cuan pobre es una infancia sin abuela.
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